Opinión

La vieja política no ha muerto; solo cambió de camiseta

Cuando la política deja de ser un proyecto y se convierte en un reparto

ANÁLISIS | vieja Política en Guerrero por: Juan Manuel Román Juárez

Hace años, la política mexicana parecía dividirse entre dos proyectos: uno que representaba el viejo régimen y otro que prometía transformarlo. Hoy la realidad es más compleja. Los partidos cambian, los colores cambian, los discursos cambian, pero muchos de los métodos permanecen intactos.

La disputa por la coordinación de la Cuarta Transformación en Guerrero es un ejemplo de ello.

Cada proceso interno deja una lección. Cuando un proyecto político comienza a crecer, también aparecen quienes buscan acercarse no por convicción, sino porque ven una oportunidad de conservar cuotas de poder. No es un fenómeno exclusivo de Guerrero ni de Morena. Ha ocurrido durante décadas en prácticamente todos los partidos.

La diferencia es que hoy existe una expectativa ciudadana distinta.


La escuela política de Claudia Sheinbaum cambió las reglas

Después del cambio político que llevó a Claudia Sheinbaum a la Presidencia, muchos militantes y simpatizantes esperan que las candidaturas dejen de definirse mediante acuerdos privados, presiones de grupos o repartos anticipados de posiciones públicas.

Esperan que prevalezca la evaluación política y el respaldo ciudadano.

Es precisamente ahí donde comienzan las tensiones.

Cuando un aspirante no está dispuesto —o no puede— comprometer regidurías, direcciones, alcaldías o futuros espacios administrativos antes de que exista siquiera una candidatura oficial, inevitablemente genera inconformidad entre quienes históricamente han entendido la política como un intercambio de favores.

No todos los liderazgos actúan de esa manera, pero sería ingenuo negar que esas prácticas han existido durante décadas.


La verdadera prueba de la lealtad llega cuando no hay cargos que repartir

¿Qué ocurre cuando esas expectativas no se cumplen?

En numerosos procesos internos de México se ha observado un patrón recurrente: dirigentes que acompañan un proyecto mientras consideran que obtendrán beneficios políticos, pero que, al sentirse desplazados, terminan apoyando otras opciones o alejándose del movimiento.

La historia electoral mexicana ofrece numerosos ejemplos.

Por eso conviene observar quién permanece cuando desaparecen las posibilidades de obtener un cargo.

Las lealtades políticas suelen ponerse a prueba precisamente cuando ya no existe nada que repartir.


Las campañas de desgaste sustituyen al debate de propuestas

En este contexto, Esthela Damián enfrenta un escenario complejo.

No únicamente por competir con otros perfiles, sino porque alrededor de cualquier figura con posibilidades reales de crecer suelen aparecer campañas de desgaste, rumores, ataques personales y narrativas cuyo propósito es debilitar su posicionamiento antes de que los ciudadanos puedan emitir un juicio propio.

Las campañas negativas forman parte de la política moderna.

El problema comienza cuando sustituyen al debate de propuestas.

Guerrero necesita discutir cómo atraer inversión, cómo mejorar la seguridad, cómo garantizar agua potable, cómo modernizar carreteras, hospitales, escuelas y servicios públicos.

Sin embargo, buena parte de la conversación termina reducida a descalificaciones personales.

Ahí pierde la política.

Y pierde, sobre todo, la sociedad.


Acapulco también deja lecciones para el futuro de Guerrero

El caso de Acapulco ilustra otra realidad.

Después de varios años de administración municipal, una parte importante de la ciudadanía ha expresado inconformidad por problemas relacionados con el suministro de agua potable, el drenaje, el alumbrado público, el mantenimiento urbano y otros servicios básicos.

Esos temas forman parte del balance que cualquier gobierno debe enfrentar y corresponden al juicio de los ciudadanos con base en resultados observables y en la información pública disponible.

La democracia exige precisamente eso: evaluar gobiernos por sus resultados y no únicamente por sus discursos.

Del mismo modo, tampoco corresponde condenar a una aspirante únicamente mediante rumores o campañas de descalificación sin sustento.

Si existen responsabilidades administrativas o legales, corresponde a las autoridades investigarlas.

Si no existen pruebas, el debate debe regresar al terreno de las propuestas.


El ciudadano debe preguntarse qué ocurrirá después de la campaña

Existe otro riesgo que pocas veces se menciona.

Durante las campañas aparecen despensas, materiales de construcción, promesas de empleo o apoyos temporales.

Para muchas familias representan un alivio momentáneo frente a necesidades reales.

Sin embargo, la pregunta sigue siendo la misma después de cada elección.

¿Y después qué?

Después vienen tres o seis años de gobierno.

Tres o seis años en los que las decisiones sobre infraestructura, inversión, salud, educación y desarrollo económico afectan mucho más la calidad de vida que cualquier apoyo entregado durante unas semanas de campaña.

Por eso el voto no debería responder únicamente a la gratitud inmediata, sino a la capacidad demostrada, la experiencia y el proyecto de gobierno que ofrece cada aspirante.


¿Por qué algunos consideran a Esthela Damián una opción competitiva?

En el caso de Esthela Damián, sus simpatizantes sostienen que su experiencia en el Gobierno de México y su conocimiento de la administración pública federal podrían facilitar la gestión de recursos y proyectos estratégicos para Guerrero en caso de asumir mayores responsabilidades políticas.

Ese argumento forma parte del debate público.

Como cualquier otro, deberá contrastarse con hechos, resultados y capacidad de ejecución.

Ningún político debe recibir un cheque en blanco.

Pero tampoco una condena anticipada.


Guerrero decidirá si rompe con la vieja política

No importa quién resulte ganador de una encuesta interna.

Lo verdaderamente importante será saber si Guerrero rompe, de una vez por todas, con la lógica del chantaje político, de las cuotas de poder y de las campañas construidas sobre el descrédito permanente.

Porque la transformación no comienza cuando cambia un partido.

Comienza cuando cambian las prácticas.

Y esa decisión no corresponde únicamente a los políticos.

Corresponde, sobre todo, a los ciudadanos.

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